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Febrero 05, 2006
Araki, el pornógrafo compulsivo - Itziar Bilbao Urrutia
Araki: Self, Life, Death
Del 6 de Octubre hasta el 22 de Enero de 2006.
Barbican Centre, Londres
La exposición Araki: Life, Death, Self, en el Barbican Centre de Londres es el trabajo de tres comisarias japonesas y se extiende a lo largo dos plantas. Imágenes pegadas con chinchetas, algunas enmarcadas; pintarrajeadas de pintura; polaroids… Una vasta colección que narra de forma caótica, pero minuciosa, sin duda compulsiva, las obsesiones personales de su autor. Me gustan los artistas que se miran el ombligo sin vergüenza, porque a menudo son los más generosos con sus espectadores. Tienen tanto interés en que se les escuche, se les vea, se les entienda, que es un placer dialogar con su trabajo. A menos que seas uno de sus acérrimos detractores, que Araki tiene muchos. Los artistas que causan reacciones opuestas suelen ser, cuando menos, interesantes. Nobusyoshi Araki es algo más que eso.
Descubrí su trabajo no a través de mi educación en el arte, sino por nuestro gusto compartido en la práctica del kinbaku –arte tradicional japonés de atar personas de una forma altamente estilizada y ritual. Araki ha sido llamado “pornógrafo” , que es verdad: comenzó a fotografiar chicas amarradas, suspendidas de vigas, cubiertas en chorros de cera caliente en los 70, como un encargo para revistas porno japonesas. Estrictamente hablando, el término pornógrafo no es gratuito. Me produce cierta envidia.
Esta exposición atrae muchos y muy variados visitantes: japoneses (Araki es una celebridad en su país natal que va más allá del ámbito del arte); estudiantes de arte vestidos con sus mejores despojos de Brick Lane; pero sobre todo, hombres trajeados que se detienen invariablemente ante los retratos de chicas amarradas, a pesar de que la mayoría son diminutas polaroids o están tachadas a brochazos de pintura flourescente que apenas dejan adivinar la imagen. El Barbican se encuentra en el corazón del distrito financiero y profesionales escapados de Deustche Bank a la hora del almuerzo para ver un poco de arte no son extraños aquí; pero su número esta vez me asombra. Casi me hace pensar que están allí, paseando lentamente por las salas repletas, solamente por las imágenes de … uhmmm… diversidad sexual explícita. Ejecutivos deteniéndose, con absoluta concentración, ante cada sonrisa que promete; cada nudo; cada tatami deshecho; cada lagarto de plástico asomándose en orificios de carne húmeda: el pasaporte de Araki a Occidente.
El kinbaku o arte de cuerda japonés es un capítulo del arte marcial Jiujitsu, y como tal, se le denomina también Hojojutsu, pero en el pasado se utilizaba sobre todo para castigar a criminales. Había técnicas para atar a hombres y otras exclusivas para mujeres, haciendo siempre hincapié en la humillación pública, al modo de la picota europea. Como he tenido ocasión sobrada de comprobar en mis averiguaciones, En Japón la idea de una mujer atando a un hombre es tabú. Si preguntas cómo puedes aprender, te dicen que es “secreto”, aunque el kinbaku está en todas partes. Yo tuve que aprender por mis propios medios, sin ayuda de casi nadie: bajando fotos de internet y escudriñándo cada ejemplo, cada vuelta de soga, cada nudo, casi con lupa. Así llegué a Araki. Al contrario que otros entusiastas de este “arte”, Araki no lo fotografía con pretensiones “artísticas”, sino como lo que es: una técnica sexual que evidentemente le pone. En ese sentido, el haber comenzado como fotógrafo para porno le ha ayudado a no tener humos en la cabeza. Su trabajo está desprovisto de excusas o estratagemas artísticas. Es directo y tumescente. Esto es lo que más me atrae de él, su franqueza, su ausencia de velos intelectuales. El porno, cuando quiere disfrazarse de “arte” para legitimizarse, desaparece. Deja de poner.
Cuenta Jurgen Teller que en su relación social con Araki, él le llevaba a esos bares de chicas que frecuenta, invitándole con el poco inglés que habla: “fucky, fucky”, a participar. Como si en su mente no hubiera duda alguna de que todo hombre está deseando devorar estos caramelos que se ofrecen en las calles de Tokyo, compulsivamente. Como hace él mismo. Araki no representa actos sexuales a través de la fotografía. Las fotos son un acto sexual en sí mismo: un menage à trois entre el artista, su modelo y nosotros, los espectadores. Por eso molesta tanto a sus detractores, porque les obliga a participar de su sexualidad sin pedir permiso, les apetezca o no. Su serie Tokyo Lucky Hole es un buen ejemplo: tiene la meticulosidad observadora de un documental antroplógico, pero sin el romanticismo de National Geographic. Tokyo Lucky Hole, tras la cámara de Araki, es un alegre revoltillo de crápulas, pero más aún: es un ready made. Hasta el nombre del bar, que es un bar de chicas real, lo es. Y él muestra compulsivamente cada detalle de lo que se cuece ahí dentro entre chicas y clientes, con él a veces y a veces no. Tan alejado de la imaginería del porno occidental, esos baños escuálidos, esos actos anodinos, estos contactos carentes de toda concesión a lo formal.
Compulsión es un concepto que aparece una y otra vez en la obra de Araki. Su compulsión por fotografiar nubes en el cielo de Tokyo, o calles y autovías que podrían ser cualquier ciudad del mundo, sobre todo esas que han crecio deprisa y mal. Lo curioso es que cuando consideras el total abrumador de su obra, las chicas amarradas, los puentes de hormigón, las nubes, las fotos de su gato, de flores en diferentes estados de lozanía, incluso las fotos de su mujer muerta, todo cobra sentido. Araki fotografía todo lo que se le pone delante porque no puede hacer otra cosa. Tan compulsivo y agotador, que la exposición del barbican Centre ha sido comisariada nada menos que por tres expertas. Hay series, como la ya mencionada Tokyo Lucky Hole, o Sentimental Journey, o incluso una pared entera dedicada a flores en gran formato, donde Araki muestra un empeño por narrar algo de forma relativamente lineal, sin salirse pro las ramas, o al menos, en ceñirse a un tema. Más a menudo, sin embargo, las imágenes se presentan ordenadas por el tipo de cámara con que han sido tomadas –al parecer, la forma en que le propio Araki clasifica su trabajo-, lo que hace que todo se parezca mucho a la vida: personajes entrando y saliendo, sitaciones y temas desarrollándose ahora, interrumpiéndose de pronto por la aparición de una situación nuev,a una cara nueva. Como la vida misma, que siempre se rebela contra nuestros intentos de ordenarla linealmente. Araki abraza la compulsión, la inevitabilidad, la escritura (fotografía?) automática. Algunas fotos hasta tienen moho, algo que Araki acepta. Es parte de lo que Araki define como “autenticidad” en su trabajo.
“Autenticidad” es un término que Araki utiliza a menudo al explicar su trabajo: detesta la fotografía digital porque “hace que la vida parezca plana”. Supongo que la noción de autenticidad tiene que ver con su interés en pintarrajear fotos como un niño de cinco años. Las fotos pintarrajeadas se parecen a esas fotos que todos hemos hecho en nuestros primeros años en la escuela de arte, pero que destruimos humanitariamente hace años, para ahorrarnos unos sonrojos. Araki, al contrario que muchos artistas, no se sonroja nunca. Sus detractores son en general aquellos que encuentran en su trabajo motivos para sonrojarse: en el exhibicionismo, la banalidad, la sentimentalidad, la descarada compulsividad. Lo contrario del buen gusto, ese enemigo jurado de la imaginación.
La presencia de la muerte en el trabajo de Araki es también compulsiva y constante. En una pequeña sala del Barbican, de unos 3 x 3 m, cubierta totalmente por polaroids de chicas, platos de comida medio devorados, flores y gatos, aparece de vez en cuando el rostro de su esposa. Como esas imágenes recurrentes que nos persiguen en la mente a veces, queramos o no. Tras conocer la serie Sentimental Journey, la mpresencia de la esposa de Araki en su trabajo cobra sentido. Como todo cobra sentido. Sentimental Journey, la serie donde Araki narra su vida de casado y la prematura muerte de cáncer de su esposa, Yoko-, ocupa una sala aparte. En general, las fotos de Araki son democráticas, todas tienen voz y voto, todas añaden significado a la historia que es la vida de Araki, pero Sentimental Journey tiene la última palabra. Sentimental Journey nos muestra por qué Araki no puede parar de tomar fotografías. Él mismo cuenta que cuando vio emerger las cenizas de su madre recién cremada, con restos de huesos aún reconocibles, un cierto pudor le hizo reprimir su impulso de fotografiarlos. Con el tiempo, se arrepintió de no haber dado rienda suelta su instinto compulsivo, en sí mismo amoral, pero irreprimible. Es por esto que existe Sentimental Journey, un exhaustivo, tierno y desolador documental fotográfico sobre la vida, enfermedad y muerte de su esposa, y de los efectos posteriores. Araki se proyecta siempre en el espacio de sus fotos, de las más disipadas a las más macabras. Es como si no pudiera evitarlo, está atrapado en su propia piel como está atrapado en ese abrigo rojo de su mujer muerta, algo pequeño de hombros, que luce en un retrato: de pie contra el espacio blanco y gris de su casa y otras casas similares que se pierden más allá del balcón: la única nota de color en este acto de nostálgico travestismo ritual. Como siempre, no hay interfaz, ni membrana entre el artista, el sujeto y el espectador. Documenta estas cosas que son relevantes de manera muy íntima por pura tristeza existencial, por el deseo romántico de hacer resonar su aislamiento. Extraño rito, este de retratarse con el abrigo de Yoko muerta, demasiado ceñido a su cuerpo, como un acto de kinbaku simbólico: un acto de travestsmo, de macabra compulsividad, y sin duda, profundamente sexual. Como debe ser el buen sexo: una epifanía. Quizás de ahí su reputación como pornógrafo: todas las fotografías de Araki, traten el tema que traten, hablan con el lenguaje del porno.
Enviado el 05 de Febrero. << Volver a la página principal <<
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