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Febrero 25, 2006

Conceptos incorporados - Fernando Castro Flórez

Originalmente en abc.es

Peripheries Artforum Ad
Foucault puso en circulación la idea de que el hombre es una invención de fecha reciente a partir de la cual puede realizarse la arqueología de nuestro pensamiento. Si el repliegue del lenguaje conduce a que «actualmente sólo se puede pensar en el vacío del hombre desaparecido», también es evidente que se abre la posibilidad de pensar de nuevo las condiciones de producción del sujeto, la red microfísica en la que el saber, el deseo y la realidad se trenzan. Tal vez el mayor problema es que la vida, tal y como la conocíamos, ha dejado de existir pero aún nadie es capaz de asimilar lo que ha sobrevivido en su lugar. Sólo si recupera el espacio que primero ha deshabitado, el hombre, más que un enigma, un desencuentro (dystychia), puede alcanzar lo que impropiamente llama totalidad; el deseo y la imaginación superan las limitaciones, pugnan por estar fuera de la ley, inventando ese otro lado de la vida. Un combate simbólico se desencadena para superar ese amor que transforma al otro en reflejo especular o en un obstáculo que puede ser reducido, de forma inhumana, a nada, resto indeseable que arrojar a una tumba sin nombre.

Reconocer la nulidad.
Constatamos que la intimidad ha desaparecido, tal vez porque también están disueltas la comunidad y complicidad que permitían que aquella existiera y resulta muy duro reconocer, aunque eso sea propiamente lo artístico, nuestra nulidad: José Luis Pardo ha sugerido que la intimidad es el instinto que nos permite encontrar entre las máscaras, a los que, como nosotros, no son nadie. A los que no tienen donde caerse muertos. Ese riguroso arte del cuidado de sí a partir de una singular extrañeza del cuerpo, algo semejante a lo que Lacan llamó extimité («extimidad»), un proceso complejo en el que nos ponemos hondamente en relación con la Cosa.

En la magnífica exposición Peripheries of the Body (producida por la Consejería de Educación y Cultura de la Región de Murcia), los comisarios Pedro A. Cruz Sánchez y Miguel Ángel Hernández-Navarro amplían las consideraciones que sobre la hibridación hicieran en la muestra Impurezas y, al mismo tiempo, ejemplifican los desarrollos teóricos que el primero de los mencionados estableciera en su intenso libro La vigilia del cuerpo (Tabularium, 2004). Lejos del espontaneismo «selector» o de la fobia a la teoría tan extendida por nuestros pagos, convierten la cuestión de la «visibilidad del arte español» en una ocasión para profundizar reflexivamente en la cuestión de lo político desde la certeza sensible corporal. Parten del acertado diagnóstico de que el arte español no ha llegado nunca a tiempo de situarse en el lugar de emisión, no siendo ni hegemónico ni marginal, ni «correcto» ni radical.

El reverso de la política.

Pero, en vez de lanzarse al discurso de la queja proponen, desde terreros teóricos fronterizos como el discurso lacaniano o la dimensión de lo político en Chantal Mouffe, categorías afiladas que permiten pensar ciertos comportamientos artísticos contemporáneos. En la obra de César Álvarez (una fotografías en las que retoca, multiplica y vuelve aberrante, el rostro de Donald Runsfeld) encuentran el reverso de la política; en el impresionante tríptico videográfico de Jesús Segura, un crónica del panopticismo avanzado, Francisca Galindo construye una segunda piel de esparto, ajusta su cuerpo desnudo a la periferia del yo, transfiere su trauma como atadura; Javier Pividal dota a la angustia y al imposible encuentro con la mirada del otro de un motivo para «triunfar» aunque sea de forma humillante; Lido Rico se sumerge en su propia cabeza, haciendo que «lo visible no pase de ser la positivación de lo invisible», y, por último, la instalación de Jesús Martínez Oliva indaga en la exaltación de la masculinidad hegemónica bajo la legitimación de la excelencia obligando a un retorno heterotópico de la «educación» sobre el que parece desplegarse el discurso del amo, la ley que desearíamos desmantelar.

Aquel sujeto barrado del que hablara Lacan nos acerca al deseo que puede abrirse a partir de la indeterminación, de la indecibilidad o incluso de la destinerrancia. El deseo es una mezcla de disfrute e insatisfacción que no puede ser resuelto en la forma de una «ausencia esencial»; acaso el abandono del sufrimiento diferente tenga que ver con la renuncia que hacemos de nosotros mismos y, por supuesto, con la dificultad de establecer el encuentro con el otro. Lyotard habló de la fórmula postmoderna, en un imaginario conflictivo, como un dejar la respuesta en suspenso, sin excluir que haya algo de Otro, «algo de falta y algo de deseo».

Lo que falta.

Desde los sujetos anónimos que Segura atrapa en una luz melancólica, con un ritmo sincopado, en una disolución de la identidad en lo que llamaríamos la «epifanía del número» hasta la atopía del goce en Pividal; desde la deconstrucción de la identidad masculina hegemónica que despliega Jesús Martínez Oliva a la búsqueda de lo que se oculta en nuestra mente, aunque a veces sea el puro vacío o el drástico reflejo especular, en las esculturas de Lido Rico; de la política anamórfica de César Álvarez a la nueva piel o vestido, áspero y frágil, de Francisca Galindo, esta importante exposición revela que la periferia no es lo que sobra sino lo que falta. Las propuestas de estos artistas, rigurosos y honestos, junto a las sólidas propuestas teóricas que ahí germinan, nos hacen pensar que lo otro, múltiple e inaudito, puede tornarse visible.

Enviado el 25 de Febrero. << Volver a la página principal <<

Comentarios

el deseo y la materialización del placer es un tema muy interesante de tratar sobretodo en una mezcla cultural que se empeña en opacr estas dos palabras o más bien intelectulizarlas y abstraerlas de su realización. pienso que en este momento donde el cuerpo y la subjetividad se ven tan radicalmente transformadas hay que potenciar la vida política del placer....

Publicado por: Simon a las Febrero 26, 2006 10:52 PM

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