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Febrero 12, 2006
La ilusión del buen rollo - F. Castro Flórez.
Originalmente en abc.es
Camino de la Biblioteca Nacional entreví un post-it gigantesco; apenas me dio tiempo para leer lo que allí esta escrito: «Piensa en positivo». Me dije que eso me lo estaban sugiriendo a mí mismo. No era un ataque de paranoia sino un toque hondo de atención: tenía que abandonar el resentimiento, la tendencia mamporrera (como les gusta decir, con toda la razón, en mi contra a los de los blogs), el discurso farragoso y prepotente. La rabia mercenaria y la incontinencia infantil tendría que dejarlas para otros momentos o, con más razón, ¿por qué no volverlas cosa del pasado? Estoy harto de que me den palmadas en la espalda, casi con recoña, festejando mis maldades. Acaso es la pura mediocridad la que me arrastra hacia el desafuero. Quiero pensar como un optimista cabal, me apetece tirarme a la piscina, jacuzzi o charco (ya vuelve el tono cabroncete) del buen rollo. Alguien me ha dicho que si vas así por la vida, sonriendo y dando besitos, con glamour y actitud pastelera, no hace falta que te hagan el lifting a los cincuenta. Me apunto, dado mi deterioro físico-psíquico y dermatológico a un bombardeo o, para ser más preciso, no voy a sacar el hacha de guerra ni aunque vea piezas de aquellos a los que hasta ayer me hacían pasar los sudores de la muerte.
Cuando intentaba recordar el nombre del artista que había convertido la Casa de América en algo semejante a la puerta de una nevera, me di cuenta de que me había olvidado del Teléfono de tierra (1968), de Joseph Beuys, y cuando he querido llamar al periódico para que metieran esa referencia en otro artículo, no tenía batería. Horas después de la inmersión happy flower en ARCO he regresado con la espalda destrozada y los pies molidos, pero me he concentrado tántricamente y ahora estoy intentando sintetizar la experiencia feliz.
Sorpresas continuas.
Primero me topé con una fotografía de Bleda y Rosa (Fúcares), una hermosa imagen de la cueva del Homo Antecesor; luego le pedí a Enrique Marty (Espacio Mínimo) que me llevara hasta sus cosas, que resultaron ser un cubículo clínico aterrador, con un vademécum tirado por el suelo y unos niños muy perjudicados. Los cuadros rotos de Ángela de la Cruz (Lisson) no venían a añadir a la arqueología y a la escatología otra cosa que buenas razones para retornar a las canciones de cuna. Una importante ración de pintura pintadísima me sacó de lo que parecía una caída en picado lejos de mis recién abrazados ideales.
Algunos cuadros me colocaron en el camino de la verdad y la vida, entre otros, los de Albert Oehlen y Dorner (Erhardt y Grässlin), Federico Herrero (Juana de Aizpuru), las sutilezas románticas de Michel Biberstein (Miguel Marcos), Prudencio Irazabal (Helga de Alvear), un enorme cuadro de Verbis (Max Estrella) que se expande en el espacio como una célula, y, sobre todo, Amondaraín con un magistral juego metalingüístico del pintor que pinta al pintor que está copiando una pintura en un museo que, junto, a la espectacular obra de Manu Muniateguiandikoetxea (Espacio Mínimo) está entre lo mejor de la feria.
La fotografía, protagonista.
Una maravillosa fotografía de Candida Höfer (OMR) de un taller veneciano, con una simetría diferente a la que suele plantear, me atrapó, justo después de haberme deleitado con la sutileza de Iñaki Bonillas, en esa misma galería mejicana, que re-fotografía una serie de imágenes arrancadas del álbum familiar, tornando visible la escritura que identificaba lo que allí sucedía: ahí está la huella, barthesiana, de la muerte, el aura de lo no visible, la huella de la ternura depositada «al otro lado».
Un dibujo de una fantástica serie de Xisco Mensua (Tomás March) fija también, en trompe l?oeil, el reverso de una fotografía, compartiendo el esfuerzo de mezclar la poesía, el cariño y el interés de escapar del literalismo y lo obvio. Los lúdicos y lúcidos juegos visuales de Madoz (Moriarty) revelan también ese esfuerzo de introducir un poco de magia en un mundo desencantado.
Huir del miedo.
A partir de ahora, ya no se sube, se cae. Virilio señala que en una región normanda antaño desierta, decenas de miles de turistas de todas las edades renuevan cada verano la maldición de la caída de los ángeles al precipitarse al vacío desde lo alto de los pilares del viaducto de Souleuvre frente al objetivo de la cámara de vídeo, que allí como en todas partes se ha vuelto indispensable. Bungee jumping. Experiencia casi mortal. Al cerebro no le gusta el tedio y por eso recurrimos a todo, desde el deporte a la droga, del sexo a Pasión de gavilanes. Pensé en lo que Caillois llamó juegos en illinx, puro vértigo, al contemplar la explosión de Sergio Prego (Soledad Lorenzo). Al borde de la extenuación llegué hasta una obra de Roman Singer (Martin Jancla) en la que un camión lleva globos que también explotan. Más allá, coches abandonados de Aernout Mik (Gebauer). Eso comenzaba a pintar mal. Tuve que tirar el archivo mental (gastadísimo) y encajar aquí el fragmento de montaña recubierto con pan de oro por Perejaume (Joan Prats) y las formas en giro, casi borrominianas, de Cragg (Thaddeus Ropac) para alimentarme con algo lírico aunque irónico.
Habiendo alcanzado un alto grado de sideration soft (pérdida repentina de las funciones vitales, con un estado de muerte aparente bajo el efecto de un shock emocional intenso) me veo obligado simplemente a señalar los impactos. En el fondo, eran retornos a antiguas devociones como en el caso de las esculturas de Baltazar Torres (Xavier Fiol), artista al que admiro muchísimo, o descubrimientos como el de Jaime Pitarch (Del Angels), barriendo su estudio, creando una niebla artificial o el Acteón chafado contra el muro de Bernardí Roig (Max Estrella), tan contundente y distanciado de la banalidad rampante.
Nuevo concepto de arte.
Desde la cafetería, a punto de calmar la euforia con una cerveza mal tirada, divisé a Valie Export (Charim), metralleta en la mano y sexo al aire. No tengo ninguna clase de dudas: los viejos rockeros no pillan la gripe ni aunque estén con las vergüenzas al aire. Todo era fabuloso, a pesar de los plásticos sobre la moqueta o de la ausencia completa de ésta y la exhibición del crudo suelo. Con otro talante las cosas hacen que la digestión sea mejor. Estaba en un estado de convicción delirante, es esto, instalado en una certeza absoluta e inaccesible a cualquier crítica o a la evidencia más simple. Un crítico barbudo y amante del flamenco, bastante conocido de un portero del Ministerio de Cultura, me dijo que aquello ya lo había notificado Baudrillard y, abusando de mi candidez provisional, me encasquetó una reflexión o, como apuntó, un pensamiento pensado: resulta que la mayor parte del arte contemporáneo se dedica a apropiarse de la trivialidad, del residuo, de la mediocridad como valor y como ideología. Intenté huir a la carrera pero me dio una punzada en el muslo y, al girar la testuz, apareció una palabra enorme: Adieu. Era la inconfundible tosquedad de Schnabel (Ramis Barquet) la que allí parecía despedirse aunque propiamente hiciera lo contrario, vale decir, vino para quedarse.
PSJM (Espacio Líquido) tenía dos mecheros, presentados como joyas de incalculable valor, dentro de una urna. En uno se destaca: «Ésto es una obra de arte» y en el otro, sencillamente, «Ésto no es una obra de arte».
Sobra remitir a Magritte o a Foucault. A estas alturas o bajuras lo que toca es retomar el estribillo: no me llames iluso porque tenga una ilusión. Houdini señaló que el ilusionismo es un arte empeñado por completo en sacar partido a las limitaciones visuales del testigo. Imposible distinguir lo verdadero y real de lo que cree real y verdadero. Creer firmemente en lo que no existe.
Final con sorpresa. Estaba para el arrastre pero aún quedaba el remate. En un stand de arte oriental encontré escrito sobre una hamburguesa ETA vs GAL. Pregunté en inglés quien había perpetrado esa obra y un buen hombre, tirado por el suelo, con ayuda de una compañera oriental acertó a decir, atemorizado, que él era el interfecto: Makoto Aida.
Quise saber qué se traía entre manos y, sobre todo, qué sabía de esa movida. Tras perorar en japonés me hicieron la traducción resumida: «Mire usted, es que mañana vendrá alguien que sabe decir algo en inglés». Adios y muy buenas. Zweig escribió que cada día esperamos infamias «aún peores que las de la víspera». Menos mal que había visto el cartelón del buen rollo, aunque lo cierto es que pensar en positivo me ha dejado exhausto
Enviado el 12 de Febrero. << Volver a la página principal <<
Comentarios
No esta mal la cosa
Publicado por: vigi a las Febrero 18, 2006 09:26 PM
No me gusta cómo está escrito. No entiendo el tono, si pretende ser desenfadado, gracioso o qué. En cualquier caso, muy poco serio, sin análisis. Una mera enumeración de impresiones muy superficiales tras una visita a Arco. Merece este texto estar editado en un periódico de tirada nacional (aunque sea el ABC)? Es ésto lo mejor que se puede publicar en España en cuanto a crítica de arte?
Publicado por: Frotto a las Febrero 22, 2006 02:28 PM
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